Edad Antigua, Mujeres en la Historia

CLEOPATRA VII FILOPATER

Pertenezco a la estirpe macedónica de los ptolomeos. Soy Cleopatra VII Filopater.

Ya Plutarco me calificó como “la reina de las rameras” porque, según él, me hacía valer de mi poder de seducción para mantenerme en el poder. Esa fama se ha extendido a lo largo de los siglos, pero ¿cómo puede una mujer sobrevivir en un mundo construido por y para los hombres si en lugar de apreciar sus cualidades y sus capacidades   solo se valora su belleza y sus artimañas? ¿Acaso valoraron mi gran inteligencia, mis múltiples conocimientos, como los innumerables idiomas que dominaba y los muchos dialectos? ¿Alguien puso en valor mis conocimientos en matemáticas y astronomía y mi gran capacidad como estratega para la guerra? Se me despreciaba asegurando que tenía un cuerpo de mujer y un cerebro de hombre.

Yo fui la única de mi dinastía que se dignó a hablar egipcio, el idioma de mi pueblo y por ello fui amada.

Fui la que se esforzó por que el Nilo fuera un río productivo y no solo un río sagrado. Y mi pueblo me agradeció que los salvara del hambre y la pobreza.

Llegué al trono legítimamente a causa de las muchas intrigas que otros emprendieron que no yo. Y, sin embargo, se me impuso que para gobernar me casara con mi hermano Ptolomeo XIII que por aquel entonces tenía diez años. Y aún así, los griegos desconfiaban y convencieron a mi propio hermano para que me asesinara.

Escapé con el corazón destrozado por tener que abandonar Alejandría, crisol de la cultura helenística, y me dirigí a Siria con la intención de levantar un ejército contra quien me había usurpado el poder.

Fue mera casualidad que Julio César se indignara por el asesinato a traición de Pompeyo por parte de mi hermano. Supe hacer una lectura de esa situación y aparecí en palacio ante la vista del César envuelta en una alfombra. Esa osadía deslumbró a Julio César pues era consciente de que si los esbirros de mi hermano me hubieran descubierto habría sido degollada de inmediato.

Dicen que esa misma noche la pasamos juntos envueltos en una grandiosa pasión. Seguramente, no solo le hechizaría mi astucia, sino mi atractivo, dicen que no soy especialmente bella, y mi voz. Si mi voz. Es sabido que mi voz es cautivadora y que se acomoda a cualquier idioma y situación como un instrumento mágico y musical.

Pasamos juntos dos años deliciosos y tuve un hijo con él, Cesarión. También se me ha achacado el ser una mala madre y, sin embargo, puse todo mi empeño para cuidar y proteger a mis hijos incluso a costa de mi vida.

Viví en Roma con Julio César en la mayor de las discreciones, aunque es verdad que deslumbré al pueblo romano con mi despliegue de lujos y oropeles. Soy coqueta y vanidosa, lo admito. Privilegios de ser reina y de Alejandría, la ciudad más fastuosa y faro del mundo conocido.

César fue traicionado y asesinado y al ver le legaba en su testamento el poder a Octavio, supe que mi destino estaba sellado si me quedaba en Roma. Así que volví a mi Egipto donde mi pueblo me esperaba deseoso.

Tres hombres se repartieron el mundo y Marco Antonio, Oriente donde estaba mi Egipto. Me mandó llamar a Tarso y como buena estratega que soy, sabía que tenía que deslumbrarle para que se convenciera de la riqueza de Egipto. Aparecí ante las costas de la ciudad con mis mejores naves, enarboladas de oro, los mascarones de plata y coloridas velas. La música de las trompetas y mi cuerpo cubierto de los mismos ropajes que podría cubrir a Isis. Toda una Venus del Nilo. Así me gané su protección y la de mi hijo.

Las buenas y las malas lenguas dicen que Marco Antonio no poseía la misma inteligencia que yo, pero era guapo y sabía arrimarse a quienes eran más listos que él. Las mismas lenguas dicen que fue mi gran amor.

Persisten en mi recuerdo los cielos plagados de estrellas recorriendo el Nilo en nuestras naves, el rumor del agua, el chocar de los remos, los cuentos de los rapsodas, el escalofrío suave de las caricias, el olor del incienso. También recuerdo divertida nuestro correr por las calles de Alejandría, disfrazados de esclavos, observando la vida de mi pueblo a la luz de las lucernas encendidas.

Malos presagios se ciernen sobre mí, oscuro es mi futuro que ya es un pasado lejano. Antonio se precipita creyendo que yo he muerto y se clava su propia espada en el pecho y yo … yo decido también morir antes que ser arrastrada por las calles de Roma para servir de mofa a sus habitantes como quería el cruel Octavio.

Una mujer.

2 comentarios en “CLEOPATRA VII FILOPATER”

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