Edad Moderna, Historia del Arte, Mujeres en la Historia, Pintura

Artemisia Gentileschi, el “fuego divino” del color.

Al mundo no le ha quedado más remedio que admirar mi obra.

Sin embargo, mi muerte en 1654 significó mi olvido hasta que en 1916 salí de las tinieblas gracias al historiador Roberto Longhi. Él se atrevió a reivindicar mi arte y me comparó con el mismo Caravaggio.

Tan importante es mi pintura que La National Gallery de Londres ha programado una retrospectiva de toda mi obra.

Ahí están mi Susana y los viejos, sobre el acoso sexual a la que nos vemos sometidas las mujeres, o Judith decapitando a Holofernes en la que puse todo mi empeño en el rostro vengativo de Judith y en el terror de Holofernes al ser consciente de su decapitación o… bueno, no quiero ser presuntuosa.

Es mucha mi obra y deben comprenderme. Se me ha juzgado tanto que hasta epitafios insultantes se me han dedicado acusándome de licenciosa y de asomarme demasiado a las ventanas. Todo por querer ser una mujer libre.

Soy Artemisia Gentileschi, una mujer que aprendió en el taller de su padre, un pintor con cierto prestigio en Roma. Soy la mayor de cuatro hermanos y sin embargo tuve que ocuparme de la casa cuando mi madre murió. De mi madre no se sabe nada. Otra mujer silenciada.

Mi padre quería que cogiera los hábitos, pero ante mi pasión por los pinceles y los óleos, el olor de la trementina, las paletas de colores, cedió y me dejó formarme en su estudio. Fui afortunada. Sé que, hasta hace bien poco, era impensable que las mujeres acudieran a recibir clases en un taller de pintor.

Muchas otras tuvieron que acallar sus impulsos creativos y conformarse. Yo tenía el taller y al maestro en mi propia casa. Sin embargo, me pasaba el tiempo siempre vigilada por mi vecina Tuzia que más tarde me traicionó y no sabré nunca si lo hizo por envidia, por odio o por dinero.

Le reconozco a mi padre que me enseñara la técnica del dibujo y el fuerte naturalismo propio de Caravaggio con quien me han comparado por mi dinamismo y por las escenas violentas que a menudo representan mis pinturas. Se lo reconozco, pero nunca pude entender que se reconciliara con mi violador. 

Me violaron y mi obra y mis colores se oscurecieron y los personajes se volvieron más violentos. Surgieron en mí los deseos de venganza. Quería denunciar el acoso y la opresión a la que estamos sometidas las mujeres en todos los tiempos. Me convertí en una adelantada del feminismo porque me di cuenta de los escasos privilegios que tenemos por el simple hecho ser mujer.

¿Qué se me podría reprochar?  ¿Acaso el rencor que sentí toda mi vida?

Me violó un hombre en quien mi padre depositó su confianza y al que pidió que me enseñara perspectiva. Con una estratagema, quizás mediante algunas monedas, consiguió quitarse de encima a mi vecina y me arrojó contra el borde de la cama y… y yo, siendo la víctima, tuve que demostrar mi inocencia por medio de la tortura de los sibbili.

Pude perder mis falanges y pude perder mi pasión por la pintura. Mientras me trituraban los dedos de la mano le grité al Bravucón mi desprecio. Lo condenaron al exilio, pero no tuvo que estar mucho tiempo fuera de Roma. Sus amigos le avalaron y hasta mi padre, ya lo he dicho, se reconcilió con él.

Me casaron con un pintor de poca monta para acallar los rumores que un delito cometido contra mí había provocado. Sin embargo, mi gran amor fue el noble florentino Francesco María Maringhi con el que mantuve una apasionada correspondencia y mi marido aceptaba esta relación porque, en el fondo, quien mantenía a la familia y pagaba sus deudas era yo.

Mi marido era como el humo y como la niebla desapareció de mi vida sin que nada se sepa de él.

Conseguí introducirme en la corte de los Médicis del gran Duque Cosme II Allí aprendí a escribir y comencé a tratar con nobles e intelectuales como Galileo Galilei con quien también mantuve una correspondencia epistolar. El Duque me encargó el fresco “Alegoría de la indignación” para la bóveda de su casa. Pero pinté el desnudo de forma tan realista, aunque las mujeres teníamos prohibido el estudio de anatomía del cuerpo humano, que, con el tiempo, se vio obligado a cubrirlo con una tela. ¡Ay, las sociedades mojigatas ¡

Mi fama creció y fui admitida en la Academia de las Artes de dibujo fundada en 1562 por Vasari. Sin embargo, como a muchas mujeres les ha ocurrido, mi vida privada ha prevalecido sobre mi trayectoria artística menoscabando mi trabajo cuya calidad llega al mismo escalón que el mismísimo Caravaggio.

Nota: Artemisia Gentileschi, fue la primera mujer aceptada en la Accademia del Disegno, consiguiendo entrar en el recinto del arte de Vasari, ella nos presenta la Historia del Arte en la Edad Moderna

Flor Fernández Salgado ha participado en las siguientes Mujeres Invisibles:

La ternura de Lucrecia Borgia

Enheduanna, la primera persona autora de la Historia

Cleopatra VII Filopater

Edad Moderna. Historia del Arte

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s